“…a las playas de Trípoli…”[1]

Si la deconstrucción del marco político basado en la República Romana, ─esto es, la reducción de una élite en el Senado a una segunda cámara de gente común─ indica una falla que es fundamental en el colapso de América, la crisis del sistema militar tiene una importancia similar.

América fue creada por el General Washington, educado en los estudios de Julio César, que lideró la secesión de la colonia británica. En “Federalist N.º 2” John Jay agradecía a la Providencia por haber creado “este país interconectado, con un pueblo unificado, con una gente que desciende de los mismos ancestros, que habla el mismo lenguaje, profesa la misma religión, está vinculada a los mismos principios de gobierno y es muy similar en sus formas y costumbres”. Con esto se garantizaba un patriotismo básico, un elemento crucial en la fusión de una fuerza militar.

Jefferson había previsto que la libertad de comercio ‘puede que exija la fuerza de las armas’, hecho que, a su vez, obligaría a América a gobernar en los océanos, algo que ‘tendría que pagarse con guerras frecuentes’. Los cien años siguientes fueron utilizados en la conquista del territorio de una república continental flanqueada por dos océanos; la antigua sociedad allí asentada, las naciones americanas de los Iroqueses, Navajos y demás, fueron casi eliminadas y los pocos que quedaron fueron agrupados como rebaños y encerrados en territorios-cárceles llamados Reservas.

El ejército americano era, como la Wehrmacht en Polonia y Ucrania un siglo después, un arma del poder genocida. Desde 1861 a 1865, el ejército luchó contra sí mismo y contra su propio pueblo en la Guerra Civil. Los antiguos esclavos de las plantaciones quedaron libres para deambular de un lado para otro, carentes de libertad real al no dárseles medios ni un estatus cívico/jurídico.

El periodo entre Roosevelt I y Roosevelt II marcó la expansión y el enriquecimiento que indicaban la evolución hacia el Imperio. La doctrina romana de la guerra había sido definida por Ferguson:

“Cuando se entraba en combate, la oración de la República incluía tres objetivos: seguridad, victoria y expansión del territorio”.

‘Historia del progreso y el fin de la República Romana’─ Libro I. Cap. VI.

Tras el clímax del Imperio que fue testigo de un gran general al mando, Eisenhower, comenzó una rápida decadencia que había precedido a Eisenhower con el desastre de Corea perpetrado por Truman. Truman fue un factor clave en el sistema americano, un factor que lo condenó al fracaso. Tener un Presidente como Comandante en Jefe presupone que hay un intelecto militar a cargo del timón, incluso en el campo de batalla. La destitución del General MacArthur fue un hito en el camino hacia el colapso definitivo. Él habría podido tomar toda Corea, puesto que China no estaba preparada para enfrentarse a los EE.UU. La clase política se quedó con la mitad del país y dio al norte la libertad de convertirse en un enemigo nuclear.

En el año 1965, cien años después de la Guerra Civil, el Presidente Johnson ordenó el despliegue militar en el territorio vietnamita. Esta fue la primera guerra americana que no terminaba con la expansión territorial. La doctrina Americana/Romana, que garantizaba la libertad, pero significaba la sumisión económica, había fracasado.

En el año 2010, el Presidente cesó al General McChrystal, su cerebro militar más brillante, para reemplazarlo con una nulidad que al poco tiempo tuvo que dimitir por culpa de un estúpido pecadillo personal. La partida de McChrystal, algo que orquestó de forma muy inteligente el mismo general, ponía de manifiesto que Afganistán era un desastre político y militar.

Al poco tiempo de su secesión con Gran Bretaña, la República Americana podía presumir de tener un ejército popular. Conforme crecía la república llegó a contar con todas las disposiciones legislativas para reclutar un ejército leal. Si el ejército era el pueblo, el ejército tendría éxito. Ferguson:

“Y si nos basamos en ideas hipotéticas sobre esta cuestión, y siempre que no estemos constreñidos a ser gobernados por la experiencia como instructor preferido, deberíamos vernos capacitados para rechazar, como forma impropia de formar ejércitos, esa creación con la que los romanos conquistaron el mundo”.

‘Historia del progreso y el fin de la República Romana’─ Libro I. Cap. VII.

En la época que fue testigo de la Revolución Francesa y el surgimiento de Napoleón, Ferguson reconocía que un Estado que había abandonado la teoría republicana de la seguridad en la propia casa, la victoria y la expansión del territorio, pasaría de ser una sociedad civil con valores morales, por muy limitados que fueran, a una sociedad dedicada al comercio cuya única fuerza dinámica sería la codicia humana. Siempre que el ejército fuera el pueblo, el sistema podría sobrevivir y expandirse. Cuando el ejército está basado en la remuneración, la lealtad deja de existir.

Ferguson establece la datación del Estado Romano desde sus comienzos; de esta forma, 244 U.C. señala la transición de la monarquía a la República.[2] En el año 626 U.C. tuvo lugar un cambio importante de cónsul. Ocurrió justo en el prolongado conflicto contra Jugurtha, el monarca rebelde de Numidia; Metellus fue reemplazado por su subordinado Marius que estaba respaldado por el pueblo que se impuso a los patricios. Marius se había convertido en el nuevo cónsul de Roma.

Tras haber prometido un rápido fin a la guerra, el nuevo cónsul que había llegado alardeando de su baja extracción e insultando a la nobleza, decidió aumentar el ejército. La ley había excluido a los menesterosos y obligado a los patricios a servir en la Legión. Marius reclutó a los pobres consiguiendo que el ejército fuera leal a su persona en vez de, como ocurría con la nobleza, ser leal a Roma. Ferguson escribe:

“Esto fue una innovación peligrosa y asombrosa en el Estado Romano y debe ser mencionada como parte de los pasos que precipitaron la ruina de la mancomunidad romana. A partir de ese momento, la espada pasó de las manos de los que estaban interesados en preservar la República a las manos de los que querían convertirla en una presa… Marius… fue el que comenzó la formación de ejércitos que estaban dispuestos a luchar por, o en contra de, las leyes de su país y que, en las secuelas, sustituyeron las batallas por las confrontaciones incruentas que hasta ese entonces habían propiciado las divisiones de los bandos”.

‘Historia del progreso y el fin de la República Romana’─ Libro II. Cap. IV.

La invasión y conquista de Europa, que marcó la presencia mundial americana en el siglo XX, seguía la triple doctrina del éxito de la República: seguridad en el país, victoria y expansión del territorio; esta última seguía de forma estricta el modelo romano de proporcionar una libertad que garantizaba la sumisión de la riqueza.

El servicio militar obligatorio respaldado por Woodrow Wilson fue aprobado por el Congreso en 1917. Tras batallas enconadas en el Senado, fue por fin derogado en 1973. Bajo el gobierno de Nixon, la Comisión Gates aprobó un ejército totalmente voluntario. En la Comisión estaban presentes tres economistas: Allen Wallis, Milton Friedman y Alan Greenspan. Según los términos de Ferguson, esto indica el desmantelamiento de la República y el comienzo de una fuerza militar privada leal a quienes le pagan. La sociedad comercial, liderada por su nuevo clero, tenía ahora las riendas.

El nuevo Estado financiero era una prolongación excesiva de su anterior ‘yo’ republicano y descubrió ser incapaz de proporcionar, tanto económica como moralmente, el antiguo entusiasmo misionario. Se vio obligado a privarse de la extensión territorial ─la ostensible presencia económica en un territorio liberado─ para ser una mera subsistencia basada en la ley de la seguridad. La seguridad en el propio país se convirtió en la raison-d’être de la política americana, e incluso la victoria quedaba reducida a una mera retirada honrosa.

El colapso de la idiosincrasia militar de la República ante las nuevas prerrogativas económicas quedaba patente en todos los niveles. Siguiendo las nuevas doctrinas de la evaluación capitalista la mujer era redefinida como idéntica al hombre, razón de que se les conceda, eso sí, el derecho a matar en el combate. Al mismo tiempo, una sociedad que esclaviza económicamente a su gente le concede, en lugar de la riqueza-libertad, el derecho dudoso a la libertad sexual. En el ámbito militar esto ha propiciado normas extravagantes: los hombres que desean tener relaciones sexuales con otros hombres pueden dormir con todos los demás en los barracones de literas. Pero al mismo tiempo, las mujeres que son definidas como idénticas a los hombres tienen que dormir en barracones diferentes.

El resultado es que el Departamento de Defensa de los EE.UU. estima que, en el año 2012, ha habido 26.000 casos de agresión sexual entre las tropas de sus ejércitos. Las cifras del Pentágono describen a 14.000 como víctimas varones y a 12.000 en el caso de mujeres. Añádase además la condición, aparentemente inmensurable, de los veteranos que vuelven de las guerras junto con los casos de suicidio, sorprendentemente elevados, que se dan entre los mismos. El término ‘trastornos por estrés postraumático’, insuficiente en el ámbito de la medicina, se ha convertido en un sinónimo del ejército americano.

La crisis actual de la institución militar americana ─desde la humillación y alocada implementación de su Alto Mando hasta la masa de soldados, ─tanto entre los veteranos como en las filas, en un estado de amotinamiento pasivo y evidente─ indican un colapso futuro en el que los militares se verán, o ya lo están siendo, obligados a derrocar la clase política a cargo de la situación. Esto permitirá el embargo militar de los, hasta ahora, bien custodiados tesoros fiduciarios del oro, los bienes tangibles y los sistemas de información.


[1] Verso del himno del cuerpo de Marines de la Armada de los EE.UU y la canción más antigua del ejército de los EE.UU. El verso se refiere a la Batalla de Derna (1805) que se libró en la guerra contra los estados musulmanes bereberes del norte de África, en concreto Túnez, Trípoli y Argelia, que eran parte del Imperio Otomano, y contra el sultanato independiente de Marruecos. (De los salones de Moctezuma / a las playas de Trípoli, / lucharemos en las batallas de nuestro país, /por tierra, aire y mar).

[2] (Urbe Condita: desde la construcción de la ciudad). Según esta datación de Ferguson, 1 U.C. corresponde al año 752 a.C., 101 U.C. sería el año 625 a.C. y así sucesivamente.

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