Para comprender lo que est√° ocurriendo en Inglaterra es necesario remontarse al principio. La verdad es que Inglaterra no recuerda, no tiene memoria racial ni cultural de c√≥mo comenz√≥. Los antiguos vikingos dejaron tras de s√≠ el ‚Äėdanegeld‚Äô.[1] La presencia de Roma apenas influy√≥ en los ingleses, y menos a√ļn en los romanos. La otra posibilidad es empezar donde lo hac√≠an todos los alumnos de los centros de ense√Īanza, o sol√≠an hacerlo cuando se ense√Īaba la historia (el por qu√© dej√≥ de hacerse quedar√° manifiesto conforme se desarrolle esta narrativa): en el a√Īo 1066 que se√Īala el establecimiento de un gobierno muy culto que hablaba franc√©s. Desde esa fecha hasta nuestros d√≠as, los ingleses jam√°s se han gobernado a s√≠ mismos. Los √ļnicos que pod√≠an pretender esa autoridad real eran los Plantagenet cuyo gobierno degener√≥, tras el periodo m√°s prolongado de gobierno unificado, en lo que luego se llam√≥ la Guerra de las Rosas. Cuando Ricardo III fue derrotado por Enrique VII en Bosworth Hill, el vencedor se convirti√≥ en el primer monarca Tudor de Inglaterra. Su hijo, Enrique VIII, demostr√≥ ser un gran gobernante. De esa manera, el poder y el registro geneal√≥gico hab√≠an pasado a los galeses.

El liderazgo de los Tudor termin√≥ cuando, traumatizada por la decapitaci√≥n de su madre, Isabel nunca contrajo matrimonio. Al instituir su Consejo eligi√≥ a un Cecil que acab√≥ asumiendo el gobierno del pa√≠s. Tras la muerte de Isabel, el legado pas√≥ a Jacobo I, convirti√©ndose Inglaterra en una monarqu√≠a regida por los Estuardo. A su vez, Jacobo era hijo de una madre asesinada. Incitada por los Cecil, Isabel mand√≥ decapitar a su prima Mar√≠a. El padre de Jacobo, el rey Enrique Estuardo, fue asesinado en las conmociones finales que abrieron la puerta a Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia. La Casa de los Estuardo estuvo condenada desde el principio. La guerra civil y la dictadura de Cromwell condujeron a la decapitaci√≥n de Carlos I. Carlos II, al que se le hizo regresar del exilio, gobern√≥ hasta su muerte. Fue entonces cuando la moderna Gran Breta√Īa, a la que Hobbes dio el nombre de Leviat√°n, enfrentada a una crisis de gobierno, estableci√≥ dos principios: El primero era que el gobernante ten√≠a que ser un protestante y el segundo, que iba en contra de una realidad profunda y no confrontada, aceptaba que la monarqu√≠a era hereditaria. Esta segunda decisi√≥n fue m√°s funesta que la primera.

En el a√Īo 1948, Sir Compton Mackenzie escrib√≠a:

‚ÄúLos historiadores de las constituciones han hecho un pacto de caballeros mediante el cual acuerdan que el Acta de Establecimiento[2] de 1701, que promulgaba que tras la muerte de la Reina Ana la corona deb√≠a pasar a la electriz Sof√≠a de Wittelsbach, la pariente protestante m√°s cercana, y a sus descendientes protestantes, no establec√≠a el car√°cter electivo de la Corona Inglesa. Una evasi√≥n deliberada de los baj√≠os de la casu√≠stica legal y las visiones morales que se producen con frecuencia en los tiempos tormentosos, no significa que el Acta de Establecimiento completara el proceso destructivo contra la monarqu√≠a que comenz√≥ con la ejecuci√≥n de Mar√≠a, Reina de los Escoceses, continu√≥ con la ejecuci√≥n de Carlos I y dio un paso m√°s con la ficticia suposici√≥n de la abdicaci√≥n de Jacobo II en la ignominiosa Revoluci√≥n. Es posible que el Acta de Establecimiento no estableciera que el car√°cter electivo de la Corona de Inglaterra fuera considerado como tal, y para el intelecto que rechaza considerar la concesi√≥n como un absoluto filos√≥fico, puede parecer una distinci√≥n sin diferencia. Quiz√°s la cita siguiente de Mr. Harold Temperley, cuando en su Cambridge Modern History habla de la Revoluci√≥n y el Acuerdo de la Revoluci√≥n en Gran Breta√Īa, sirva tan bien, como cualquier otra, a la hora de ilustrar esa il√≥gica concepci√≥n inglesa de la Constituci√≥n que tanto admira Lord Baldwin:

‚ÄúLa conveniencia hab√≠a hecho necesario alterar la sucesi√≥n convirtiendo la Corona en elegible, ‚Äėpro hac vice‚Äô, pero era algo que no pretend√≠a sentar precedente. En este caso, como en todos los dem√°s, el Acuerdo de la Revoluci√≥n estaba basado en la concesi√≥n en vez de sobre principios generales que, sin embargo, la ocasi√≥n particular quiso establecer en todo caso.

El resultado de esa ocasión particular fue la sustitución de un nuevo rey a costa de más de sesenta personalidades reales que tenían más derechos al trono, sin considerar la elección, que el Elector de Hanover y, con la introducción de esa dinastía, la introducción de un conjunto de valores morales desconocidos hasta ese entonces en el país al que le habían llamado para gobernar.

Cuando Jorge I lleg√≥ procedente de Hamburgo y ascendi√≥ al trono en 1714, dejaba atr√°s, en la l√ļgubre Casa de Ahlden, a una esposa divorciada que permaneci√≥ encarcelada en ese lugar durante treinta a√Īos… [su] matrimonio horrible y antinatural se hab√≠a celebrado en la capilla privada del Castillo de Celle el 21 de noviembre de 1682. La uni√≥n produjo dos hijos: Jorge Augusto, que luego ser√≠a Jorge II, Rey de Gran Breta√Īa, y Sof√≠a Dorotea, que llegar√≠a a ser Reina de Prusia. Durante los pocos a√Īos que vivieron juntos, Jorge I trat√≥ a su esposa con una brutalidad inusitada, rode√°ndose de esas horribles amantes alemanas por las que su apetito, incluso en la vejez, jam√°s qued√≥ saciado. Una de ellas fue la Condesa de Darlington que era llamada, por su volumen, ‚Äúel Elefante y el Castillo‚ÄĚ. Su esposa [Sof√≠a Dorotea] fue repudiada en diciembre de 1694 y confinada en la Casa de Ahlden y su entorno pantanoso durante treinta y tres a√Īos. Jorge II nunca perdon√≥ a su padre por el trato que dio a su madre; su intenci√≥n era que, si viv√≠a m√°s tiempo que Jorge I, la traer√≠a a Inglaterra y la declarar√≠a Reina Viuda; pero Sof√≠a Dorotea, de cuyo vientre ultrajado salieron las dos familias reales que, dos siglos m√°s tarde, enfrentar√≠an en una guerra a una mitad del mundo contra la otra, muri√≥ antes de que su hijo pudiera satisfacer su compasi√≥n. Sof√≠a se liber√≥ de sus padecimientos el 3 de noviembre de 1726. Poco antes de su muerte fue presa de una especie de encefalitis que se hab√≠a desatado por un ultraje m√°s de su marido despiadado; logr√≥ escribir una carta que, una vez cerrada con su sello, confi√≥ para su entrega a un sirviente de confianza de Jorge I. Luego fue presa del delirio y, tras pasar unos d√≠as quej√°ndose de su arruinada y atormentada vida, fallec√≠a al fin.

En esta carta convocaba a su marido para que compareciera en el plazo de un a√Īo y un d√≠a ante el Tribunal de Dios para responder a las muchas injurias que hab√≠a recibido de sus manos. Al poco tiempo de recibir la misiva, Jorge I sufri√≥ un ataque. Antes de perder la consciencia gem√≠a una y otra vez ‚Äúa Osnabruck, a Osnabruck‚ÄĚ, y a las diez de esa misma noche era llevado a la peque√Īa habitaci√≥n de Osnabruck donde hab√≠a nacido y fue acostado en la cama completamente vestido; los m√©dicos se afanaron para remediar el ataque, pero de nada sirvieron los emplastes, las cant√°ridas, los hierros calientes ni las ventosas. Cuarenta minutos despu√©s de la medianoche del mi√©rcoles 12 de junio, se pudo o√≠r el estertor de la muerte y el alma de Jorge I se dirigi√≥ a la terrible cita. Durante mucho tiempo tras su muerte, la lengua colgaba de su boca azulada y, en las publicaciones de gran difusi√≥n, se dec√≠a que por fin el Demonio le hab√≠a asido por la garganta‚ÄĚ.

Entre Jorge I y Jorge VI cada caso es a√ļn peor. A lo largo de ese periodo de la historia, todos esos hechos angustiosos se desarrollan de forma paralela, algo m√°s que comprensible, a la narraci√≥n que describe c√≥mo el parlamento despoj√≥ a la monarqu√≠a de todos sus derechos y privilegios. Qued√≥ reducida a cortar cintas y botar barcos con una botella de champ√°n. Hubo una excepci√≥n, que es la raz√≥n por la que el libro de Compton Mackenzie, ‚ÄėThe Windsor Tapestry‚Äô se mantiene fuera de todo alcance: la abdicaci√≥n a la que fue obligado por el odiado Baldwin; estoy hablando del Rey Eduardo VIII. Debe entenderse que era muy amado dondequiera que iba, y el rechazo del t√≠tulo de Duquesa de Windsor, su consorte, bien podr√≠a haber sido el cese definitivo del dominio de Alemania sobre Inglaterra, si no fuera porque iba a venir algo a√ļn peor.

Al entierro de la Princesa Diana siguieron con rapidez los divorcios convenientes, y todo parec√≠a estar dispuesto para que esa desastrosa familia alemana continuara como cabeza titular de lo que el parlamento hab√≠a redefinido como el ‚ÄėReino Unido‚Äô. No obstante, existe una cuesti√≥n que debe preocupar gravemente a la comunidad musulmana de Inglaterra. Cuando naci√≥ el hijo del pr√≠ncipe Guillermo, y para asombro de la bien posicionada comunidad de anglicanos ‚ĒÄfundada, debe recordarse, tras la decapitaci√≥n de Ana Bolena ordenada por Enrique VIII‚ĒÄ el Arzobispo de Canterbury anunci√≥, sin contar con la autorizaci√≥n de s√≠nodo conocido, que iba a bautizar al reci√©n nacido, pero que no har√≠a sobre su frente la se√Īal de la cruz que confirmar√≠a su cristianismo y su entrada en la Iglesia Anglicana. Como la madre del ni√Īo es jud√≠a, es un tema incuestionable y que no ha sido confrontado. No se discuti√≥ en la prensa ni en el parlamento. Es el paso final del colapso de la Casa de Hanover cuyo nombre reciente, Windsor, carece de relevancia. Mientras que un rey anglicano s√≠ ser√≠a aceptable, el haberlo abandonado parece sugerir que el dominio de la cabeza de los Hanover sobre Inglaterra ha terminado.

Mientras tanto, el manipulado refer√©ndum privaba al pueblo escoc√©s de su derecho a elegir qui√©n les iba a gobernar. Descubrieron entonces que hab√≠an escogido no permanecer en una Uni√≥n Europea que hab√≠a estado gobernada por los descendientes del horrible Elector de Hanover. La verdad es que los, as√≠ llamados, ingleses no saben qui√©nes eran, por qu√© lo eran y c√≥mo han llegado a ser la gente que de repente se ha convertido en tema de crisis y debate. Que Escocia est√© fuera no es m√°s que la asunci√≥n hist√≥rica de la muy alardeada ‚ÄúAuld Alliance‚ÄĚ[3] . No hay duda de que la ruptura del Reino Unido pasa por el camino de una Escocia libre y, tampoco hay duda, de que le seguir√° Gales. Es posible entonces que, por fin, los ingleses se den cuenta de que tienen que gobernarse a s√≠ mismos. ¬°Westminster ha fracasado! ¬°Y Escocia es muy capaz de cuidar de s√≠ misma, as√≠ que buenas noches!


[1] El Danegeld, (o ¬ęImpuesto dan√©s¬Ľ, literalmente Oro Dan√©s), fue un impuesto recaudado para entreg√°rselo a los expedicionarios vikingos y as√≠ evitar el saqueo y la pirater√≠a en esos territorios.

[2] También llamada Ley de Instauración

[3] La Auld Alliance, (en francés, Vieille Alliance), también conocida como la Alianza antigua, se refiere a una serie de tratados, de naturaleza ofensiva y defensiva, entre Escocia y Francia, dirigidos específicamente contra Inglaterra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses cookies to offer you a better browsing experience. By browsing this website, you agree to our use of cookies.